De cuando me di un minuto de buena voluntad

13628060_1727081057545677_2062792252_n¿Qué no te gusta de mí? ¿Que por momentos me ahogo en un silencio meditabundo que parece no conciliarse con la realidad? Ya sé. Que soy un espejo fantasmal donde recorres una a una las batallas perdidas, esas que solo te dejaron himnos gastados. Que la naturaleza se reservó todas sus bondades para mí en el área del amor. No. Debe ser que prefiero la banalidad de la vida cotidiana al cotilleo de los asuntos primordiales y que no pueden esperar o el mundo se derrumbaría sobre nuestros cimientos.

A lo mejor son mis horas sin dormir. O las profundas ojeras que claman por un maquillaje que denote la felicidad que se nos fue de las manos ante el primer signo de inequívoca adultez. Imagino que podrían ser mis labios gastados por el deseo, los discursos de los tantos concursos de oratoria o el profundo temor que siempre he sentido a alzar la voz.

Podría, incluso, entender que sea la oscilación que rompe el eje de mis gustos y diatribas. Que mientras la paz nos engañe por un instante, los huracanes se aproximen con cielos ennegecidos y una furia sonriente. Que no hayas encontrado nunca razón de orgullo en un andar por demás cobarde.

Todo te perdono. Pero no que permanezcas impávido a la devoción con la que diariamente busco entre los rincones de mis palabras y pensamientos tu bienestar. A la pasión únicamente limitada por la lógica, la física y la química en cada aspecto destinado a no mirar nunca atrás.

Que tu ceguera nos prive de un hambre insaciable de conocimiento y nos relegue a un punto en una espiral infinita de buenas voluntades y malas procesiones. Que me mires desde el fondo de tu jaula abierta con las cuencas vacías.

Pero sobre todas las cosas, jamás podría creer que no te guste la construcción que se erige hacia los cielos, donde solo se llega si las alas, rotas o nuevas, emprenden un vuelo feroz y atinado. Porque el presente nos alcanzó mientras estábamos dormidos y nos convirtió en una balanza que no tiene espacio para un segundo más.

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De cuando fui vendedor de Sanborns

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Sanborns

Fue en el caluroso (¿o lluvioso? No me acuerdo) verano de 2006. Acababan de salir los discos Limón y Sal, de Julieta Venegas, y Guapa, de La Oreja de Van Gogh. Lo sé porque era lo que poníamos todo el día en el departamento de Electrónica, a donde fui asignado desde el primer día en el que me presenté.

Fue el primer trabajo en el que tuve que pasar por todas las etapas: búsqueda, reclutamiento, entrevista y contratación. Creo, de hecho, que ha sido el único.

Yo era vendedor de fin de semana, por lo que tenía significativamente menos “privilegios” que el resto de los vendedores. Aunque en realidad no importaba, porque representaba menos trabajo: yo no podía cobrar porque no tenía acceso a la máquina registradora y había ciertas tareas que no se me encomendaban porque, si rompía algo, no podían descontarlo de la nómina, porque yo no estaba incluido.

Entonces me la pasaba ocho horas viendo y acomodando todos los discos que había. Ocasionalmente tenía que limpiar las vitrinas y mostradores, o emplayar los discos que mis compañeritos ya habían abierto para su propio deleite. Había un comedor, como de cárcel, donde llevábamos las charolas con comida de sólo 20 centavos. Yo hablaba poco.

El jefe del departamento era el típico “forever young” que acababa de tener un bebé, pero andaba de romance con una de las vendedoras de cosméticos. Típico, tan cliché. En general, muchos de los vendedores tenían romances entre sí, y esperaban pacientemente la temporada navideña, cuando las comisiones pueden ser considerablemente altas y les permiten darse algunos gustos que el resto del año están fuera de alcance. Era el tema del que se hablaba todo el tiempo, aunque yo no llegué a verlo. Uno de los chicos, cuya novia era de Caballeros, le había prometido que la llevaría de vacaciones en diciembre con esas comisiones.

Después de seis semanas, renuncié. Un día llegué a decirles que ya no regresaría el siguiente fin. Me dijeron que estaba bien, pero que tenía que llevar el saco rojo, que nunca me quedó, a la tintorería. Naturalmente no lo hice, me lo quedé y nunca regresé. Es decir, a la fecha no he vuelto a pararme en el Sanborns de Sor Juana Inés de la Cruz y Gustavo Baz porque el olor me recuerda cosas. Ya saben, ese olor que es muy característico del Sanborns, que no existe en ningún otro lugar. ¿Por qué renuncié? Tal vez por sanidad mental. Tal vez porque desde muy niño el verbo “vender” me genera conflictos de proporción bíblica. Tal vez porque nunca encajé.

Si mis planes de convertirme en el presidente del mundo fallan, sé que puedo volver a Sanborns, aunque tal vez nunca lo haga, tal vez regrese a ser demoedecán de Lala.

*En ese entonces estaba yo muy emocional porque uno de mis amigos estaba teniendo un romance con el chico que me gustaba. Ahora nos reímos de ello, pero hubo mucho drama. Me la pasaba escuchando canciones de mal gusto, como esta:

De cuando pensé que me iba a morir

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El 20 de marzo de 2012, en punto de las 12:02, un temblor de 7.4 grados en la escala de Richter sacudió la Ciudad de México sin que se reportaran daños mayores, sin embargo, había sido el más fuerte desde el de 1985. Tres días antes, yo había tomado la decisión de renunciar a mi trabajo sin imaginar que la vida se trataría de cobrar aplastándome en pleno Paseo de la Reforma.

Estando en plena concentración de las últimas tareas, el piso entero se empezó a mover. Lo pensé todo en ese momento: hice el recuento en mi cabeza de cuántos edificios podrían haber obstruido la avenida al derrumbarse; me preocupé de dónde había puesto mi credencial, en caso de que los equipos de rescate encontraran mi cuerpo y decidieran que mi falta de identidad era suficiente para apilarme con el resto. Pero sobre todo, pensaba que era una señal.

Decir que estábamos paralizados por el shock suena exagerado y melodramático, pero no encontraría otra forma de describir las miradas de mis compañeros, en las que se reflejaba un solo pensamiento: ya valimos madre. ¿Cómo íbamos a saber nosotros que era normal que los vidrios empezaran a crujir y las luces a parpadear? No lo sabíamos, pero lo aprendimos a la mala.

Como resulta evidente, no me morí. De hecho, más convencido que nunca, decidí que era el mejor momento para renovar todo lo que, según yo, estaba mal en mi vida. El siguiente lunes yo ya estaba en otro trabajo, con nuevos y viejos compañeros, creyendo que todo era posible, cuando volvió a temblar.

Si no se me olvida ninguno de estos datos es porque, después de esos temblores, todo lo que sabía, conocía y argumentaba, cambió. Todo.

Cosas que ahora me dan risa:

*Siempre habrá alguien que llora. Yo lo hago internamente.

*En el sur no se siente nada, porque sentir un temblor es muy mainstream.

*La alerta sísmica suena como en una película de Will Smith.

*No soy el peor brigadista, pero sí estoy en el top 3.

 

De cuando abrí un nuevo blog

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No sé por qué en la universidad la gente siempre me ponía papelitos en la cabeza.

No sé por qué en la universidad la gente siempre me ponía papelitos en la cabeza.

¿Se acuerdan cuando todos éramos estrellas de los blogs de Windows Live? Yo sí.

Fue en la época en la que íbamos en la universidad y comenzaba la fiebre de las redes sociales. Había quienes ni siquiera se habían aventurado a abrir una cuenta de correo, pero los más intrépidos tenían su perfil de Hotmail completo y su blog lleno de palabras que simulaban el diario que nadie quiere confesar que tuvo alguna vez. Tal vez nosotros éramos los más cursis.

Éramos los emigrados de los foros de Yahoo, de las salas de LatinChat y, sobre todo, los usuarios que nos desvelábamos hasta las tres de la mañana en Messenger. Escribíamos porque era un continente que recién pisábamos con nuestros tenis Panam, y porque existía esa ilusión perversa de que alguien nos iba a leer del otro lado de la pantalla. Como si nos espiaran mientras nos estamos bañando.

Si leyeran mi primera entrada, se meaban de la risa. Yo era (¿?) el cliché del adolescente con falta de identidad: sufría si todos sufrían y alardeaba de los encuentros sexuales que, irremediablemente, terminaban de la misma manera hasta hace unos años, en nada.

Eventualmente, y como era natural, terminé escribiendo para vivir. O al menos eso me gusta contar en mis entrevistas de trabajo, porque si supieran que el 80 por ciento de mi tiempo me la pasaba escribiendo sobre el amor con una pésima ortografía, seguro nadie me contrataba. Y menos ahora, que cada vez escribo con menor frecuencia porque la vida está tomando otros rumbos y otras manías.

Pero supongo que en el fondo siempre nos quedan los blogs, y por eso quise abrir otro. Empezar desde cero, pero al mismo tiempo no, porque ni que fuera yo cronómetro.

*Seguro escuchaba esto cuando abrí mi primer blog.