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No sé por qué en la universidad la gente siempre me ponía papelitos en la cabeza.

No sé por qué en la universidad la gente siempre me ponía papelitos en la cabeza.

¿Se acuerdan cuando todos éramos estrellas de los blogs de Windows Live? Yo sí.

Fue en la época en la que íbamos en la universidad y comenzaba la fiebre de las redes sociales. Había quienes ni siquiera se habían aventurado a abrir una cuenta de correo, pero los más intrépidos tenían su perfil de Hotmail completo y su blog lleno de palabras que simulaban el diario que nadie quiere confesar que tuvo alguna vez. Tal vez nosotros éramos los más cursis.

Éramos los emigrados de los foros de Yahoo, de las salas de LatinChat y, sobre todo, los usuarios que nos desvelábamos hasta las tres de la mañana en Messenger. Escribíamos porque era un continente que recién pisábamos con nuestros tenis Panam, y porque existía esa ilusión perversa de que alguien nos iba a leer del otro lado de la pantalla. Como si nos espiaran mientras nos estamos bañando.

Si leyeran mi primera entrada, se meaban de la risa. Yo era (¿?) el cliché del adolescente con falta de identidad: sufría si todos sufrían y alardeaba de los encuentros sexuales que, irremediablemente, terminaban de la misma manera hasta hace unos años, en nada.

Eventualmente, y como era natural, terminé escribiendo para vivir. O al menos eso me gusta contar en mis entrevistas de trabajo, porque si supieran que el 80 por ciento de mi tiempo me la pasaba escribiendo sobre el amor con una pésima ortografía, seguro nadie me contrataba. Y menos ahora, que cada vez escribo con menor frecuencia porque la vida está tomando otros rumbos y otras manías.

Pero supongo que en el fondo siempre nos quedan los blogs, y por eso quise abrir otro. Empezar desde cero, pero al mismo tiempo no, porque ni que fuera yo cronómetro.

*Seguro escuchaba esto cuando abrí mi primer blog. 

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