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El 20 de marzo de 2012, en punto de las 12:02, un temblor de 7.4 grados en la escala de Richter sacudió la Ciudad de México sin que se reportaran daños mayores, sin embargo, había sido el más fuerte desde el de 1985. Tres días antes, yo había tomado la decisión de renunciar a mi trabajo sin imaginar que la vida se trataría de cobrar aplastándome en pleno Paseo de la Reforma.

Estando en plena concentración de las últimas tareas, el piso entero se empezó a mover. Lo pensé todo en ese momento: hice el recuento en mi cabeza de cuántos edificios podrían haber obstruido la avenida al derrumbarse; me preocupé de dónde había puesto mi credencial, en caso de que los equipos de rescate encontraran mi cuerpo y decidieran que mi falta de identidad era suficiente para apilarme con el resto. Pero sobre todo, pensaba que era una señal.

Decir que estábamos paralizados por el shock suena exagerado y melodramático, pero no encontraría otra forma de describir las miradas de mis compañeros, en las que se reflejaba un solo pensamiento: ya valimos madre. ¿Cómo íbamos a saber nosotros que era normal que los vidrios empezaran a crujir y las luces a parpadear? No lo sabíamos, pero lo aprendimos a la mala.

Como resulta evidente, no me morí. De hecho, más convencido que nunca, decidí que era el mejor momento para renovar todo lo que, según yo, estaba mal en mi vida. El siguiente lunes yo ya estaba en otro trabajo, con nuevos y viejos compañeros, creyendo que todo era posible, cuando volvió a temblar.

Si no se me olvida ninguno de estos datos es porque, después de esos temblores, todo lo que sabía, conocía y argumentaba, cambió. Todo.

Cosas que ahora me dan risa:

*Siempre habrá alguien que llora. Yo lo hago internamente.

*En el sur no se siente nada, porque sentir un temblor es muy mainstream.

*La alerta sísmica suena como en una película de Will Smith.

*No soy el peor brigadista, pero sí estoy en el top 3.

 

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