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Sanborns

Fue en el caluroso (¿o lluvioso? No me acuerdo) verano de 2006. Acababan de salir los discos Limón y Sal, de Julieta Venegas, y Guapa, de La Oreja de Van Gogh. Lo sé porque era lo que poníamos todo el día en el departamento de Electrónica, a donde fui asignado desde el primer día en el que me presenté.

Fue el primer trabajo en el que tuve que pasar por todas las etapas: búsqueda, reclutamiento, entrevista y contratación. Creo, de hecho, que ha sido el único.

Yo era vendedor de fin de semana, por lo que tenía significativamente menos “privilegios” que el resto de los vendedores. Aunque en realidad no importaba, porque representaba menos trabajo: yo no podía cobrar porque no tenía acceso a la máquina registradora y había ciertas tareas que no se me encomendaban porque, si rompía algo, no podían descontarlo de la nómina, porque yo no estaba incluido.

Entonces me la pasaba ocho horas viendo y acomodando todos los discos que había. Ocasionalmente tenía que limpiar las vitrinas y mostradores, o emplayar los discos que mis compañeritos ya habían abierto para su propio deleite. Había un comedor, como de cárcel, donde llevábamos las charolas con comida de sólo 20 centavos. Yo hablaba poco.

El jefe del departamento era el típico “forever young” que acababa de tener un bebé, pero andaba de romance con una de las vendedoras de cosméticos. Típico, tan cliché. En general, muchos de los vendedores tenían romances entre sí, y esperaban pacientemente la temporada navideña, cuando las comisiones pueden ser considerablemente altas y les permiten darse algunos gustos que el resto del año están fuera de alcance. Era el tema del que se hablaba todo el tiempo, aunque yo no llegué a verlo. Uno de los chicos, cuya novia era de Caballeros, le había prometido que la llevaría de vacaciones en diciembre con esas comisiones.

Después de seis semanas, renuncié. Un día llegué a decirles que ya no regresaría el siguiente fin. Me dijeron que estaba bien, pero que tenía que llevar el saco rojo, que nunca me quedó, a la tintorería. Naturalmente no lo hice, me lo quedé y nunca regresé. Es decir, a la fecha no he vuelto a pararme en el Sanborns de Sor Juana Inés de la Cruz y Gustavo Baz porque el olor me recuerda cosas. Ya saben, ese olor que es muy característico del Sanborns, que no existe en ningún otro lugar. ¿Por qué renuncié? Tal vez por sanidad mental. Tal vez porque desde muy niño el verbo “vender” me genera conflictos de proporción bíblica. Tal vez porque nunca encajé.

Si mis planes de convertirme en el presidente del mundo fallan, sé que puedo volver a Sanborns, aunque tal vez nunca lo haga, tal vez regrese a ser demoedecán de Lala.

*En ese entonces estaba yo muy emocional porque uno de mis amigos estaba teniendo un romance con el chico que me gustaba. Ahora nos reímos de ello, pero hubo mucho drama. Me la pasaba escuchando canciones de mal gusto, como esta:

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