13628060_1727081057545677_2062792252_n¿Qué no te gusta de mí? ¿Que por momentos me ahogo en un silencio meditabundo que parece no conciliarse con la realidad? Ya sé. Que soy un espejo fantasmal donde recorres una a una las batallas perdidas, esas que solo te dejaron himnos gastados. Que la naturaleza se reservó todas sus bondades para mí en el área del amor. No. Debe ser que prefiero la banalidad de la vida cotidiana al cotilleo de los asuntos primordiales y que no pueden esperar o el mundo se derrumbaría sobre nuestros cimientos.

A lo mejor son mis horas sin dormir. O las profundas ojeras que claman por un maquillaje que denote la felicidad que se nos fue de las manos ante el primer signo de inequívoca adultez. Imagino que podrían ser mis labios gastados por el deseo, los discursos de los tantos concursos de oratoria o el profundo temor que siempre he sentido a alzar la voz.

Podría, incluso, entender que sea la oscilación que rompe el eje de mis gustos y diatribas. Que mientras la paz nos engañe por un instante, los huracanes se aproximen con cielos ennegecidos y una furia sonriente. Que no hayas encontrado nunca razón de orgullo en un andar por demás cobarde.

Todo te perdono. Pero no que permanezcas impávido a la devoción con la que diariamente busco entre los rincones de mis palabras y pensamientos tu bienestar. A la pasión únicamente limitada por la lógica, la física y la química en cada aspecto destinado a no mirar nunca atrás.

Que tu ceguera nos prive de un hambre insaciable de conocimiento y nos relegue a un punto en una espiral infinita de buenas voluntades y malas procesiones. Que me mires desde el fondo de tu jaula abierta con las cuencas vacías.

Pero sobre todas las cosas, jamás podría creer que no te guste la construcción que se erige hacia los cielos, donde solo se llega si las alas, rotas o nuevas, emprenden un vuelo feroz y atinado. Porque el presente nos alcanzó mientras estábamos dormidos y nos convirtió en una balanza que no tiene espacio para un segundo más.

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